La diplomacia tras bambalinas contra los derechos humanos en la ONU

27 de septiembre de 2010

Thor Halvorssen y S.E. Parker

La semana pasada, cientos de diplomáticos, jefes de Estado y líderes de todo el mundo descendieron sobre la ciudad de Nueva York en ocasión del 65 periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Entre la distinguida concurrencia, estuvo el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el primer ministro de la República Popular China, Wen Jiabao, el canciller de Corea del Norte, Pak Gil-yon, y el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi.

Recientemente, la ONU también había iniciado el proceso de refacción de su sede en Nueva York, un importante lavado de imagen para esta envejecida y disfuncional obra de arquitectura modernista. Esta refacción no fue un inconveniente para los delegados que llegaron debido a que la renovación del edificio donde sesiona la Asamblea General comenzará en 2013.

A pocas cuadras de la ONU, en el más alto monumento de la ciudad de Nueva York a la arquitectura del siglo XX —el Empire State Building— se encuentra la oficina de la Human Rights Foundation (HRF). La HRF promueve los derechos y libertades fundamentales en América Latina, y durante los últimos cinco años, ha defendido a víctimas de violaciones de los derechos humanos en Bolivia, Cuba, Ecuador, Honduras, Nicaragua, República Dominicana y Venezuela. Pese a lo mucho que a la HRF le gustaría concentrarse en todos los países de América Latina, nuestros esfuerzos y prioridades hasta hoy se han concentrado en estos países. Nuestro personal incluye a personas de distintas convicciones políticas e ideológicas, y nuestro directorio está conformado por hombres y mujeres que han sufrido a manos de tiranos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda. Consideramos que nuestro trabajo es apolítico, consecuente y principista.

En 2007, la HRF postuló para ser acreditada como una organización con estatus consultivo ante el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas (ECOSOC). Esta acreditación otorga una plataforma creíble, a nivel internacional, desde la cual se puede exponer y denunciar violaciones a los derechos humanos dentro de los pasillos y salones de la ONU. Esto le habría dado, a la HRF, las credenciales para asistir a reuniones y conferencias de la ONU, designar representantes de ésta, y emitir declaraciones en el ECOSOC. La acreditación también habría permitido a la HRF cuestionar directamente a ciertos regímenes —como Sudán, por ejemplo— cuyos representantes utilizan a la ONU como la institución internacional donde pueden lavar su imagen, y disimular sus crímenes.

La postulación de la HRF fue descarrilada por una campaña de desprestigio y cabildeo agresivo emprendida por el gobierno cubano, luego de que se sintiera amenazado tanto por la misión de la HRF, como por nuestros efectivos programas educativos y las publicaciones que hemos logrado difundir dentro de Cuba.

La delegación cubana, equipada con documentos burdamente fabricados, calificó a la HRF como una organización “subversiva” contraria al gobierno. En particular, la delegación cubana alegó falsamente que el entonces presidente del Consejo Internacional de la HRF, el escritor y poeta Armando Valladares (quién pasó 22 años en una prisión cubana y fue el primer prisionero de consciencia de Cuba en ser declarado como tal por Amnistía Internacional) era en realidad un terrorista convicto en Cuba y ex miembro de la Policía Nacional durante la dictadura de Fulgencio Batista. Además del hecho de que Valladares fue arrestado en 1962 no por terrorismo sino por “atentar contra los poderes del Estado”, entre los documentos falsificados que la delegación cubana entregó a la comisión de la ONU se encontraba un carnet de la policía cubana con datos incorrectos sobre la fecha de nacimiento de Valladares, su tipo de sangre y el color de sus ojos. Por otra parte, la altura y peso de Valladares en los documentos fabricados estaban expresados en medidas del sistema métrico, a pesar de que, por los días en que se habría emitido dicho documento, en Cuba se utilizaban las medidas de pies y pulgadas.

Una delegación ante la ONU informó a la HRF que nunca habían visto a la delegación cubana desplegar tanto esfuerzo: se realizaron numerosas llamadas y se hicieron visitas individuales a la mayoría de los otros 53 miembros del ECOSOC. A lo largo del proceso de postulación, no se a permitió a la HRF estar presente y defenderse, responder a los acusadores, ni cuestionar las pruebas presentadas en su contra. Como resultado, perdimos la votación para ser acreditados ante el ECOSOC y tendremos que esperar varios años antes de poder postular nuevamente.

La gran diferencia entre los gobiernos que apoyaron la postulación de la HRF y aquellos que la rechazaron dice mucho. Por un lado, los países con una notable tradición de protección a los derechos humanos —como ser Austria, Canadá, Francia, Grecia, Holanda, Islandia, Japón, Nueva Zelanda, Polonia, Portugal, República Checa, República de Corea, Rumania, Suecia y Reino Unido— apoyaron la postulación de la HRF. Por su parte, las delegaciones de Argelia, Arabia Saudita, Bielorrusia, Camerún, Cuba, China, Malasia, Pakistán, Rusia, Somalia, Sri Lanka, Sudán, y otros diecisiete países votaron en contra de la HRF. El contraste entre la votación de estos países no puede ser más revelador. Los gobiernos totalitarios votaron en contra nuestra, en tanto que las democracias liberales votaron a nuestro favor.

Esta historia es sólo una anécdota ilustrativa del difícil reto de participar en la defensa de los derechos humanos dentro del sistema de la ONU, donde la preocupación por los derechos humanos es sacrificada frecuentemente por la conveniencia política. Y esto sucede en el seno de la principal organización encargada de defender estos mismos derechos. Paradójicamente, los gobiernos más represivos de los derechos humanos son los más adeptos a realizar la diplomacia tras bambalinas que les permite tener éxito en la ONU: consiguen los votos necesarios, a menudo procedentes de otros violadores de derechos humanos, y hacen enormes esfuerzos diplomáticos para distraer al mundo de los abusos que suceden en sus propios países.

¿Por qué Suazilandia, la última monarquía de África, a menudo olvidada, recibe tan poca presión política de la vecina Sudáfrica para tratar el tema de su preocupante historial en materia de derechos humanos? Quizá por la necesidad de Sudáfrica de contar con el apoyo de Suazilandia para mantener su escaño en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Cómo puede ser posible que un país como Irán, donde una mujer condenada por adulterio acaba de ser sentenciada a muerte por lapidación, hubiese sido elegido miembro de la Comisión de la ONU sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer? Activistas iraníes enviaron una petición para impedir que Irán forme parte de dicha Comisión, pero fue en vano. Teherán obtuvo el apoyo de otros países violadores de derechos humanos que se alinearon para que su candidatura no tuviese oposición.

La noble misión de la ONU está llena de paradojas. Los gobiernos despóticos llevan a cabo campañas para ganar escaños influyentes, mientras los países en desarrollo se hacen los de la vista gorda ante sus violaciones de derechos humanos con el fin de obtener votos. La efectividad de los órganos de la ONU que fueron creados para acabar con las violaciones de los derechos humanos, proteger refugiados y frenar la proliferación de armas nucleares, está trágicamente erosionada por autócratas que usan a la ONU como si fuera una oficina elegante y segura desde la cual puedan mantener a sus críticos a distancia.

Mientras que la ONU se encuentra en un proceso de amplia renovación de sus instalaciones, su estructura interna se encuentra en extrema necesidad de una renovación moral. El Secretario General de la ONU debería promover la simplificación del proceso de acreditación de ONGs, con la finalidad de facilitar que aquellos grupos defensores de los derechos humanos ajenos a las relaciones políticas y compromisos diplomáticos, puedan de una vez por todas plantear preguntas difíciles a los delegados de los gobiernos abusadores. Así quizás, y sólo quizás, podamos obtener algunas respuestas.

Thor Halvorssen es presidente de la Human Rights Foundation. S.E. Parker es directora de programas en la misma organización.

Lea el artículo original en inglés en el Huffington Post aquí.