¿Cómo leer los resultados de las elecciones parlamentarias de Venezuela?

1 de octubre de 2010

Thor Halvorssen

CARACAS, VENEZUELA – Una avalancha de medios de comunicación ha calificado como importante que Hugo Chávez haya perdido los dos tercios de su mayoría parlamentaria. Sin embargo, la realidad no es ésa. El lunes pasado, el Consejo Nacional Electoral venezolano anunció que los partidos de oposición habían obtenido la mayoría de los votos en la elección de representantes para la Asamblea Nacional. Al mismo tiempo, dicho ente electoral anunció que el partido de Chávez iba a conservar la mayoría de los escaños. Es decir, los que obtuvieron más votos consiguieron menos representantes. Esto es confuso.

En este momento, el partido de Chávez está señalando que si bien es cierto que ya no tienen una mayoría de dos tercios (la proporción necesaria para obtener el control total), sí tienen una mayoría de tres quintas partes y que eso es suficiente para aprobar una “ley habilitante”, que le otorgue a Chávez el equivalente a poderes dictatoriales. De tal forma, el escenario es este: antes de las elecciones, Chávez gobernaba con el poder absoluto, que incluía la sumisión del poder legislativo y judicial, además del control de los medios de producción. Ahora, sin el legislativo, Chávez hará que se apruebe, rápidamente, una ley que oficialice su poder absoluto.

El gobierno de Chávez manipula normas, leyes e instituciones de acuerdo a su conveniencia. Esto viene ocurriendo desde hace ya varios años y será su mayor legado. A continuación, apréstense a ver cómo la Asamblea Nacional saliente aprueba todo tipo de leyes a pesar de tener los días contados y carecer de mandato político.

Demasiadas personas ignoran o simplemente no son conscientes de la razón por la cual Chávez tenía el control absoluto del poder legislativo. En 2005, todos los partidos de oposición boicotearon las elecciones legislativas en protesta contra la falta de democracia, la manipulación del sistema electoral, la violación sistemática a los derechos humanos, y el uso del tesoro del Estado por parte de Chávez en beneficio de su propio partido. Los ciudadanos rechazaron masivamente la elección, y sólo el 17% de los votantes habilitados decidieron participar. La OEA y la Unión Europea publicaron informes críticos de todo el proceso. La escasa participación hizo que la Asamblea Nacional sea ilegítima pero legal. Ahora bien, el hecho de que la oposición no haya sido capaz de convertir todos estos hechos en una victoria y forzar a una nueva elección es algo incomprensible. Mientras tanto, la maquinaria propagandística de Chávez se puso en acción e hizo creer al mundo que él tenía un apoyo, tan amplio, que le habría permitido obtener todo el poder legislativo.

Después de eso, los partidos de oposición dejaron de lado la medida del boicot y volvieron a la política; de forma admirable, usaron tácticas diferentes a las del Presidente. En vistas del uso de la violencia por parte del gobierno, de un poder judicial politizado, de la censura de medios de comunicación críticos al Presidente, de la malversación de fondos públicos realizada por el partido del Presidente, del culto a su personalidad financiado por el Estado, del uso de la prisión para perseguir a oponentes políticos, y de la sensación permanente de miedo —que incluye la presencia del aparato de inteligencia cubano y el abuso de las leyes federales para controlar las ondas de radio durante varias horas al día para difundir propaganda política— los grupos democráticos en Venezuela son dignos de elogio. Lo que lograron el domingo es algo extraordinario.

Alguien me preguntó por qué Chávez, si supuestamente era tan autócrata, no amañó las elecciones por completo. La respuesta es que aún no ha obtenido eso que su gobierno llama la “hegemonía comunicacional”. Todavía existe un canal de televisión al aire, Globovisión, que emite noticias y análisis críticos, a pesar de que sus dos propietarios principales se encuentran en el exilio. Los otros dos canales independientes que quedaban ya fueron censurados: uno fue cerrado, en tanto que el otro fue sobornado y chantajeado. Una vez que el gobierno tenga el monopolio de los medios de comunicación, será imposible, como en Cuba, escuchar puntos de vista críticos o de oposición. En un escenario de completa autocensura y miedo, cualquier resultado de las elecciones sería creíble.

Los números en las encuestas de Chávez se han reducido considerablemente debido a que cuestiones tales como la delincuencia —Venezuela tiene una de las más altas tasas de homicidios en el mundo (más que Afganistán o Irak)— y la inflación —Venezuela tiene la peor tasa en el hemisferio— afectan a todos los ciudadanos. Ante estos fracasos nacionales, Chávez habría obtenido peores resultados si las elecciones hubiesen sido libres y justas. Pero el escenario estaba ya montado: el gobierno había utilizado los interminables fondos de la petrolera estatal para competir contra los partidos políticos que carecen de apoyo estatal, y había impuesto numerosas restricciones a donaciones a partidos políticos de oposición. Adicionalmente, la intimidación a los votantes es moneda corriente en la Venezuela de hoy y los juramentos de lealtad al gobierno son una obligación de todos los funcionarios públicos. Imagínense cuáles habrían sido los resultados si hubiese habido igualdad de condiciones.

Teniendo en cuenta que no podían utilizar ya el slogan “tenemos más votos”, el Consejo Electoral, controlado totalmente por Chávez, eligió hacer alquimia política: pese a que la oposición obtuvo el 52 % de los votos (probablemente hubiera obtenido más si hubiese sido una elección limpia), no tiene la mayoría de los escaños. Esta alquimia política resulta de la redistribución de escaños por distritos politizados. Por ejemplo, en Caracas, los oponentes de Chávez obtuvieron 484,844 votos contra 484,103 del partido chavista. Sin embargo, los diez escaños fueron distribuidos de esta manera: tres para los ganadores y siete para Chávez. De verdad espero que quienes elevaron la voz denunciando injusticia en relación a la elección de George W. Bush frente a Al Gore, se pronuncien en contra de esta nueva injusticia que se perpetró a sólo cuatro horas al sur del condado de Palm Beach.

Está claro que, aún con la cubierta inundada, la mayoría numérica de los venezolanos está señalando que quiere algo distinto. Constantemente, en el ámbito internacional, se hacen lecturas referentes a las elecciones en Venezuela como una pugna entre ricos y pobres. La verdad del asunto es que la familia Chávez y los que están en su gobierno son la mayoría de los “ricos”, comenzando por sus hermanos Adán, Argenis y Adelis Chávez, y sus compinches de gobierno, Diosdado Cabello y José Vicente Rangel, quienes merecen ya estar incluidos en la lista de multimillonarios de la revista Forbes. No es sorpresa pues que, de acuerdo al índice de corrupción de Transparencia Internacional, Venezuela esté sumida en el fondo de la lista, con índices muy similares a los de Congo y Angola.

Para aquellos que forman parte de la maquinaria política de Chávez, la elección simplemente significa un cambio de táctica. En cambio, para Chávez es algo terrible, pues está claro que no puede soportar una voz opositora. La suya es la palabra final. Citándole literalmente mientras hablaba en tercera persona: “El que traiciona a Chávez, muere políticamente.” Chávez es la revolución. Él es la voz del pueblo. Él manda, no gobierna. Un verdadero liderazgo que le haga competencia es impensable. Si ustedes conducen un vehículo, desde el aeropuerto a la ciudad de Caracas, podrán ver docenas de carteles con su imagen —todos pagados con fondos del Estado y todos inapropiados en una democracia—. Todo es acerca de él, todo el tiempo. Si se salen de la línea, serán víctimas de expropiación, acoso, persecución, procesos penales y hasta prisión.

Una derrota de esta magnitud resulta humillante para Chávez. Con seguridad, le causa una profunda crisis existencial. Aparentemente, fue bastante difícil para él, ya que ni siquiera asomó la cabeza en su “Balcón de Pueblo” para saludar a sus desalentados partidarios y admitir la derrota. Eligió en vez de eso su cuenta de Twitter, donde fantaseó declarando una “sólida victoria”. Unas horas después, llamó “repugnantes” y “mentirosos” a los medios de comunicación internacionales; además, fue particularmente gráfico sobre la cobertura que CNN hizo sobre la elección. Durante el último referéndum, que fue la última vez que la oposición obtuvo la mayoría de los votos en una contienda electoral nacional, Chávez apareció en televisión y la llamó “victoria de mierda”; luego, procedió a ignorar, alegremente, los resultados de la elección.

Chávez no puede declarar su derrota. No puede dejar el poder porque esto le traería juicios por asesinato, tráfico de drogas a escala global, acusaciones de corrupción en magnitudes pocas veces vistas en la historia del hemisferio, y, más grave aún, tal vez algún juicio por crímenes contra la humanidad debido a su colaboración con el grupo terrorista colombiano FARC. Mientras esté en el poder, Chávez será intocable. Pero una vez fuera del poder, la lista de demandantes, fiscales, y otros críticos es tan larga que incluye grupos políticamente diversos como Reporteros Sin Fronteras, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, y las familias de las víctimas de la masacre del 11 de abril de 2002.

Chávez no sabe qué hacer, pero tiene dos años para planificarlo. Es poco probable que permita una contienda electoral justa. Ha descalificado a Leopoldo López, un candidato que lo había superado en las encuestas; ha precipitado al exilio a Manuel Rosales, el último candidato que lo desafió; y ha abierto investigaciones judiciales a todas las personas que tenían una perspectiva electoral. Chávez hará todo lo que sea posible para obtener un nuevo mandato. Pero esto no debería sorprender a nadie. Chávez ya lo ha dicho numerosas veces: su plan es quedarse hasta el 2030.

Thor Halvorssen es presidente de la Human Rights Foundation y fundador del Oslo Freedom Forum.

Lea el artículo original en inglés en el Huffington Post aquí.